Era
el verano de 1995, José Luis “Ruso” Montes tenía 22 años, y a pesar de no haber
despuntado en su carrera como boxeador, era reconocido como un peleador
valiente.
En
su último compromiso había dado una buena pelea ante el ex campeón mundial Goyo
Vargas, en Navojoa, y a pesar de haber perdido, su esfuerzo fue suficiente para
atraer la atención de la gente que administraba el Great Western Forum de
Inglewood, en California, y lo contactaron para ofrecerle un combate ante el
colombiano Antonio Pitalúa.
Al
“Ruso” se le presentaba la oportunidad de pelear por primera vez en Estados
Unidos… pero no tenía papeles.
BRINCANDO LA
CERCA, DOS VECES
Un
día antes de la pelea, el aguerrido peleador mochiteco se encontró en Nogales,
Sonora, con Vicente López, un entrenador de Guaymas que tenía más fama de
mañoso que otra cosa. López le presentó a un tipo que se dedicaba a cruzar
ilegales, y lo dejó con él.
A
las once de la noche, el pollero lo llevó a un lugar donde estaba un árbol junto
a la cerca divisoria, y el tipo trepó a la vez que le ordenaba al “Ruso” que
también lo hiciera.
Caminaron
hasta un parque de Nogales, Arizona, donde estaban unas vans, y subieron a una.
Tras media hora de camino, los paró una patrulla de Migración. El “Ruso” no
entendía lo que sucedía, hasta que el conductor de la camioneta le dijo que se
tenía que bajar e ir con los oficiales, pero que afuera lo estaría esperando
otra persona, fue entonces cuando sintió temor, pues no llevaba un peso en la
bolsa.
La
patrulla lo llevó a un lugar donde estaba estacionado un camión con todos los
indocumentados que habían agarrado esa noche, y como a las cuatro de la mañana
los regresaron a México.
Cuando
el “Ruso” cruzó de vuelta la línea fronteriza, lo interceptó un hombre que le
preguntó si él era Luis Montes, le entregó una mochila y un uniforme escolar de
una institución ubicada en Nogales, Arizona, y saltaron la cerca por el mismo
lugar que lo había hecho la noche anterior.
Se
refugiaron hasta las seis de la mañana, el tipo le explicó que los agentes migratorios
estaban por realizar el cambio de guardia, y que aprovecharían ese momento para
escabullirse, también le dijo que en el parque estarían sólo dos policías, y
que todo lo que debía hacer es pasar a un lado de ellos y decir ‘morning’.
El
“Ruso” se puso el uniforme y se peinó, caminó rumbo al parque y de inmediato
ubicó a los agentes. Cuando estaba a unos pasos de ellos, estos voltearon a
verlo, pero sólo respondieron al saludo y continuaron su plática. Pasado el
susto, el “Ruso” apresuró el paso hasta abordar otra camioneta.
En
esta ocasión, todo el camino estuvo libre hasta llegar a Tucson, donde tomó un
vuelo con destino a Los Angeles. Era 11 de septiembre, el día de la pelea.
GANAR RESPETO, A
PUNTA DE GOLPES
En
el aeropuerto lo esperaba Ezequiel Obando, matchmaker del Forum de Inglewood,
quien camino al hotel le indicó que primero tenía que asistir a la ceremonia de
pesaje y después lo llevarían a desayunar, también le informó que recibiría un
sueldo de dos mil quinientos dólares.
A
la hora del pesaje, Pitalúa registró una notoria ventaja a pesar de que el
mochiteco subió a la báscula con pants, y de que le echaron a los bolsillos
llaves, monedas, y cuanto pudieron para que fuera menos la diferencia. El “Ruso”
era ligero natural y el colombiano subió en welter, pero la Comisión de Box de
California aprobó el pleito.
Ya
en la arena, el “Ruso” no se inmutó al escuchar el récord de Pitalúa, y cuando
sonó el campanazo inicial dio un par de pasos y le dijo al colombiano “¡vente!”.
Pitalúa avanzaba decidido y a paso veloz hacia el mochiteco, pero se frenó al
ver que le pedía pelear, y la sorpresa se dibujó en su rostro. Un peleador de
menor peso y menor nivel lo incitaba al choque.
Los
ocho rounds pactados fueron de constante golpeo a la corta distancia, en el
cuerpo a cuerpo. Los dos terminaron cortados, y ante la ovación del público, el
“Ruso” fue levantado en brazos por Pitalúa cuando acabó el combate.
“No sé quién eres, ni qué tienes en la
cabeza para pelear así, porque no te caíste”, le dijo el colombiano. “Yo entreno para dar guerras, porque soy un
guerrero”, le respondió el mochiteco, y mientras decía esto se anunció la
decisión a favor de Pitalúa.
Al
bajar del cuadrilátero, el “Ruso” se encontró con una persona que le obsequió
trescientos dólares.
Y APARTE… TIMADO
En
el camerino le indicaron al mochiteco que ahí mismo le entregarían su cheque,
después de asistir con el médico para que le cosieran la herida. Mientras el “Ruso”
era atendido, Vicente López le dijo que le endosara el cheque para ir a
feriarlo y darle el efectivo, pero el vivaz entrenador salió con que le habían
transferido el pago a su cuenta de banco y que en Nogales se lo entregaba.
De
regreso en tierras mexicanas, Vicente López le dio dos mil quinientos pesos al “Ruso”,
quien se los devolvió de inmediato y le dijo que hablaría con Obando por
teléfono, pero el entrenador sonorense insistió en que ése era todo el dinero
que le tocaba, e incluso, le ofreció quinientos pesos más. El peleador
mochiteco entró a una caseta telefónica y se comunicó con Obando, y éste le
dijo que López lo estaba engañando. Le sugirió que fuera a una sucursal
bancaria y preguntara en cajas cuánto le correspondía, pero con todo y eso,
López (quien estaba boletinado en México por haber timado a varios boxeadores)
terminó pagándole menos de lo debido.
A
partir de ahí vino una etapa de buenas oportunidades para el “Ruso”, quien
apoyado por Ezequiel Obando consiguió la visa y pudo hacer el resto de su
carrera en Estados Unidos.

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