lunes, 17 de marzo de 2014

La vez que el Ruso Montes burló la guardia fronteriza

Era el verano de 1995, José Luis “Ruso” Montes tenía 22 años, y a pesar de no haber despuntado en su carrera como boxeador, era reconocido como un peleador valiente.
En su último compromiso había dado una buena pelea ante el ex campeón mundial Goyo Vargas, en Navojoa, y a pesar de haber perdido, su esfuerzo fue suficiente para atraer la atención de la gente que administraba el Great Western Forum de Inglewood, en California, y lo contactaron para ofrecerle un combate ante el colombiano Antonio Pitalúa.
Al “Ruso” se le presentaba la oportunidad de pelear por primera vez en Estados Unidos… pero no tenía papeles.
BRINCANDO LA CERCA, DOS VECES
Un día antes de la pelea, el aguerrido peleador mochiteco se encontró en Nogales, Sonora, con Vicente López, un entrenador de Guaymas que tenía más fama de mañoso que otra cosa. López le presentó a un tipo que se dedicaba a cruzar ilegales, y lo dejó con él.
A las once de la noche, el pollero lo llevó a un lugar donde estaba un árbol junto a la cerca divisoria, y el tipo trepó a la vez que le ordenaba al “Ruso” que también lo hiciera.
Caminaron hasta un parque de Nogales, Arizona, donde estaban unas vans, y subieron a una. Tras media hora de camino, los paró una patrulla de Migración. El “Ruso” no entendía lo que sucedía, hasta que el conductor de la camioneta le dijo que se tenía que bajar e ir con los oficiales, pero que afuera lo estaría esperando otra persona, fue entonces cuando sintió temor, pues no llevaba un peso en la bolsa.
La patrulla lo llevó a un lugar donde estaba estacionado un camión con todos los indocumentados que habían agarrado esa noche, y como a las cuatro de la mañana los regresaron a México.
Cuando el “Ruso” cruzó de vuelta la línea fronteriza, lo interceptó un hombre que le preguntó si él era Luis Montes, le entregó una mochila y un uniforme escolar de una institución ubicada en Nogales, Arizona, y saltaron la cerca por el mismo lugar que lo había hecho la noche anterior.
Se refugiaron hasta las seis de la mañana, el tipo le explicó que los agentes migratorios estaban por realizar el cambio de guardia, y que aprovecharían ese momento para escabullirse, también le dijo que en el parque estarían sólo dos policías, y que todo lo que debía hacer es pasar a un lado de ellos y decir ‘morning’.
El “Ruso” se puso el uniforme y se peinó, caminó rumbo al parque y de inmediato ubicó a los agentes. Cuando estaba a unos pasos de ellos, estos voltearon a verlo, pero sólo respondieron al saludo y continuaron su plática. Pasado el susto, el “Ruso” apresuró el paso hasta abordar otra camioneta.
En esta ocasión, todo el camino estuvo libre hasta llegar a Tucson, donde tomó un vuelo con destino a Los Angeles. Era 11 de septiembre, el día de la pelea.
GANAR RESPETO, A PUNTA DE GOLPES
En el aeropuerto lo esperaba Ezequiel Obando, matchmaker del Forum de Inglewood, quien camino al hotel le indicó que primero tenía que asistir a la ceremonia de pesaje y después lo llevarían a desayunar, también le informó que recibiría un sueldo de dos mil quinientos dólares.
A la hora del pesaje, Pitalúa registró una notoria ventaja a pesar de que el mochiteco subió a la báscula con pants, y de que le echaron a los bolsillos llaves, monedas, y cuanto pudieron para que fuera menos la diferencia. El “Ruso” era ligero natural y el colombiano subió en welter, pero la Comisión de Box de California aprobó el pleito.
Ya en la arena, el “Ruso” no se inmutó al escuchar el récord de Pitalúa, y cuando sonó el campanazo inicial dio un par de pasos y le dijo al colombiano “¡vente!”. Pitalúa avanzaba decidido y a paso veloz hacia el mochiteco, pero se frenó al ver que le pedía pelear, y la sorpresa se dibujó en su rostro. Un peleador de menor peso y menor nivel lo incitaba al choque.
Los ocho rounds pactados fueron de constante golpeo a la corta distancia, en el cuerpo a cuerpo. Los dos terminaron cortados, y ante la ovación del público, el “Ruso” fue levantado en brazos por Pitalúa cuando acabó el combate.
No sé quién eres, ni qué tienes en la cabeza para pelear así, porque no te caíste”, le dijo el colombiano. “Yo entreno para dar guerras, porque soy un guerrero”, le respondió el mochiteco, y mientras decía esto se anunció la decisión a favor de Pitalúa.
Al bajar del cuadrilátero, el “Ruso” se encontró con una persona que le obsequió trescientos dólares.
Y APARTE… TIMADO
En el camerino le indicaron al mochiteco que ahí mismo le entregarían su cheque, después de asistir con el médico para que le cosieran la herida. Mientras el “Ruso” era atendido, Vicente López le dijo que le endosara el cheque para ir a feriarlo y darle el efectivo, pero el vivaz entrenador salió con que le habían transferido el pago a su cuenta de banco y que en Nogales se lo entregaba.
De regreso en tierras mexicanas, Vicente López le dio dos mil quinientos pesos al “Ruso”, quien se los devolvió de inmediato y le dijo que hablaría con Obando por teléfono, pero el entrenador sonorense insistió en que ése era todo el dinero que le tocaba, e incluso, le ofreció quinientos pesos más. El peleador mochiteco entró a una caseta telefónica y se comunicó con Obando, y éste le dijo que López lo estaba engañando. Le sugirió que fuera a una sucursal bancaria y preguntara en cajas cuánto le correspondía, pero con todo y eso, López (quien estaba boletinado en México por haber timado a varios boxeadores) terminó pagándole menos de lo debido.

A partir de ahí vino una etapa de buenas oportunidades para el “Ruso”, quien apoyado por Ezequiel Obando consiguió la visa y pudo hacer el resto de su carrera en Estados Unidos.

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